En esta Junta Nacional me han tratado de joven, intelectual e inteligente, pero que no califico para ser candidato a diputado por la Democracia Cristiana. Doy las gracias, pero la verdad es que no soy joven, ni intelectual ni inteligente. Y, por el contrario, el alcalde de Talcahuano Leocán Portus, quien ha defendido mi derecho a postularme vía primarias, dos de tres concejales, la casi unanimidad de los consejos comunales de Talcahuano y Hualpén y más de 300 militantes de base consideran que sí estoy calificado para representarlos. No soy joven, pues tengo 41 años. Mi hijo mayor, que tiene quince, se reiría a gritos de mí si me presentase en algún lugar como "Micco, el joven". Tampoco soy un intelectual, pues no vivo de y para las ideas. Soy un político. Trabajo sí con ideas e ideales, pero los pongo al servicio de una áspera lucha por el poder para intentar lograr el mayor bien común de la multitud. Y definitivamente no soy inteligente, pues si lo fuese hace harto rato que hubiese sido diputado o director de un servicio público. Agradezco los cumplidos, pero no los puedo aceptar.
Durante tres meses he sido sometido a una dura prueba entre los míos. Sistemáticamente se me han negado derechos que yo entendía que eran de todos y, por ende, también míos. He visto cómo el día tres de julio militantes, comunes y corrientes como yo, tenían derecho a intentar ser candidatos a diputados y senadores mediante elecciones primarias. Yo no lo tuve y con ello se conculcó el derecho de miles de personas de Talcahuano y Hualpén a elegir su candidato a diputado. Se me dijo que era un mal candidato. Si así fuese, ¿por qué no demostrarlo derrotándome en una primaria? Se agregó que un importante dirigente local prefería a mi contendor como candidato del partido. Realmente yo no sabía que había que ser incondicional, amigo o cercano de algunos para ser candidato ¿Hay una norma que así lo establezca?
Luego que tras públicas y lastimosas protestas se convocó a primarias para el 23 de julio, mi contendor procedió a retirar su postulación. A lo menos tres camaradas que están en la misma situación, acaban de ser proclamados candidatos a diputados y senadores. Yo no lo he sido. ¿Por qué? ¿Porque ellos son militantes clase Premium, Golden o Comodoro y yo sólo Clase Turista, Económica o C? En un lamentable fallo el Tribunal Supremo de mi partido sostuvo que mi contendor había renunciado fuera de plazo, por lo que no había perdido su opción de ser candidato a diputado y que los órganos políticos del partido debían decidir qué hacer. Si la renuncia fue extemporánea e inválida, ¿por qué ese mismo tribunal suspendió las primarias con fecha 19 de julio? Misterio insondable.
Mas Agustín de Hipona ya dijo: "Roma Locuta, Causa Finita" (Roma habló, la disputa se acabó). Y yo acato, pero no acepto. Acato, pues ustedes son el Tribunal Supremo de nuestro partido y yo soy un militante disciplinado. Pero no acepto, pues habéis terminado de conculcar un derecho político elemental, que es mío, porque es nuestro y es de todos: "el derecho a elegir y ser elegido representante del pueblo". Y lo habéis hecho aplicando un criterio para unos y otro para los otros. ¡¡Qué dura es vuestra ley, señores jueces, pues no es pareja!! No da un igual trato para todos.
Sentir que la desigualdad me ha mordido fuerte me ha hecho muy bien
Pero doy las gracias, pues estos tres últimos meses de deambular por oficinas y pasillos capitalinos pidiendo un minuto para ser escuchado, presentando escritos o haciendo alegatos públicos lastimosos he sentido lo que sienten hasta hoy millones de chilenos cuando son discriminados arbitrariamente.
Sentí lo que sintieron, un día pegados al televisor, esos miles y miles de jóvenes chilenos encarcelados, cuyo promedio de escolaridad no supera el segundo año básico, cuando vieron como un célebre deportista juvenil, borracho como una cuba, las emprendía contra un carabinero y no le pasaba nada. Y a ellos, por esa misma actitud los enviamos a la cárcel a que se pudran. Esos jóvenes esa noche infame del pub santiaguino, no sólo pidieron libertad. También pidieron igualdad.
Sentí lo que sienten esos padres de familia de Mulchén, que tienen una bella criatura entre sus brazos. Hermosa, sonriente, sana, llena de vida. Pero por el hecho de haber nacido donde nació tendrá acceso, como promedio, a sólo seis años de escolaridad. Y si ese mismo niño chileno hubiese nacido en Vitacura, tendría acceso a 14 y más años de escolaridad. Esos padres, esa noche de insomnio, le pedirán a Chile igualdad.
Sentí lo que sienten nuestros ancianos que tras cuarenta y más años de trabajar tienen pensiones de gracias de 50.000 pesos o jubilaciones cuyo promedio se empina con dificultad sobre los 100.00 pesos. ¡¡Qué de angustias cuando, además, deben hacerse cargo de la hija cesante que les ha regalado un nieto!! Esos queridos viejos, noche a noche, viendo los espectáculos televisivos, invocarán a su bella y esquiva hermana: la igualdad.
Sentí lo que sienten las mujeres jefas de hogar que, junto con trabajar dentro de la casa, deben hacerlo fuera de ella. ¿Con quién dejan a sus niños? ¿Por qué ganan un tercio menos que los hombres jefes de hogar? Hemos aprobado una ley de divorcio vincular, pero lo que ellas más necesitan es que derrotemos al machismo que deja niños abandonados, no paga pensiones alimenticias dignas y no conoce lo que es ser padre y esposo. ¡¡Pobres de ellos porque probablemente recibirán un terrible castigo en su ancianidad!! Las mujeres de Chile, doblemente oprimidas muchas veces, reclaman por sus derechos e igualdad.
Sentí lo que sintieron esos miles de trabajadores que laboran en condiciones lamentables, recibiendo el salario mínimo, para Celco Itata. Esa empresa que declaró utilidades por 234 mil millones de pesos el 2003. Y asombrados nuestros trabajadores se enteraron por televisión que la planta de Celco en Valdivia sí se había cerrado porque habían muerto decenas de cisnes de cuello negro. Ellos, ese día, reclamaron por igualdad.
Si antes estaba ya claro para mí que la gran batalla de la Democracia Cristiana chilena y la Concertación de Partidos por la Democracia y Michelle Bachelet, para los próximos treinta años, es por la igualdad, hoy día estoy tres veces más convencido. Y eso se lo debo a quienes tan mal me han tratado a mí y a un puñado de camaradas.
La libertad de nosotros los republicanos
En la comunidad de los humanistas cristianos aprendí a ser un hombre libre. Sí, pues de joven escuché predicar al Padre Pedro Azocar en la Parroquia Universitaria de Concepción aquello de que tanto ama el Señor la libertad de su hijo que Él, infinitamente poderoso, permite que nosotros pequemos en contra suya.
Lo aprendí en carne y hueso cuando un Ministro de Corte de Apelaciones me mandó a llamar, un día de 1985. Tenía 22 años y era Presidente de la Federación de Estudiantes de la Universidad de Concepción. Me preguntó si nosotros habíamos convocado a protestas y si acaso no acatábamos las leyes que las prohibían. A lo primero dije que "sí". A lo segundo contesté "que conociéndolas no las acataba". Y esa noche, entre los barrotes de la ex penitenciaría de Santiago, junto a Manuel Bustos, Yerko Ljubetic y Rodolfo Seguel aprendí qué era ser un hombre libre.
Un republicano exige a sus autoridades que sus derechos sean respetados sin sufrir interferencias arbitrarias mediante la fuerza, la manipulación de las opciones disponibles, engaños, amenazas de castigos u ofrecimiento de dádivas a cambio del no ejercicio de un derecho. Esa libertad es de no dominación, es decir, no estar en circunstancias en que uno vive atemorizado por el pulgar del jefe al cual tiene que lisonjear, adular, saber caminar en su dirección, congraciarlo, entretenerlo y apaciguarlo cuando entra en ira. Ser un republicano es jamás someterse a circunstancias en que uno vive bajo la gracia de otro, el poderoso, el jefe de la oficina pública, el señor local, el patrón de fundo, el dueño de la empresa, en fin.
Entonces, protesto cuando un miembro de este Tribunal Supremo me pregunta que creo yo que opina un Senador de la República de mí. ¿Qué tiene que ver eso con mis derechos?
La igualdad y fraternidad de nosotros los comunitarios y socialcristianos
Y en esta comunidad de humanistas cristianos también aprendí a amar la igualdad, cuya belleza nada tiene que envidiar a sus hermanas libertad y fraternidad. Sí, porque escrito está que cada vez que se junten dos o más demócrata cristianos gobernarán la democracia y la igualdad. La democracia se funda en el principio que todos los hombres y mujeres somos iguales. La democracia es regida por la isonomía y la isegoría. En virtud de la primera, una misma norma se aplica para todos. Según la segunda, todos tenemos un mismo derecho a hablar en público. "Una persona un voto" decimos los modernos. El voto del Presidente de la República, el sufragio del dueño de El Mercurio, la papeleta electoral del propietario de Copec, del cardenal de la Iglesia Católica, del pastor de la Iglesia Metodista o del Comandante en Jefe del Ejército valen lo mismo que el del más humilde de los obreros, pobladores o campesinos de Chile.
Cristianos son llamados desde los tiempos de Antioquia los hombres y mujeres que siguen a Jesús, el Cristo. El Mesías, el ungido, quien hizo pedazos el orden antiguo y que gobernará este mundo algún día colgado de un madero. Él se llamó Hijo del Hombre y nos invitó a amar a nuestro Dios como abba, papá. Él nos pidió que cuando oremos digamos "Padre Nuestro". Si todos somos hijos de un mismo padre, somos todos hermanos. Luego, somos todos iguales. Fraternidad viene de frater que significa hermano. Así nos debemos tratar.
Una vez escuché a Radomiro Tomic decir que a nuestros hijos había que criarlos enseñándoles que nunca debían aceptar que los tratasen como si valiesen menos que cualquier otro niño chileno; y que jamás debían pedir que los tratasen como si valieran más que cualquier otro niño chileno. Es algo estéticamente feo y éticamente reprobable el "agrandarnos ante los chicos y empequeñecernos ante los grandes". Jaime Castillo me enseñó que debíamos construir una "Patria para Todos", una comunidad de hombres y mujeres libres. Mal que mal, Jacques Maritain participó en la redacción de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, esa que dice: "Los hombres nacen libres e iguales en dignidad y derechos".
Somos todos hijos del verbo aún vivo de Radomiro Tomic Romero. Somos todos hijos de la pluma penetrante de Jaime Castillo Velasco.
Todos quisimos ser héroes
¿Por qué los jóvenes de la generación del bicentenario debieran
llegar al poder? ¿Por qué la generación de jóvenes chilenos que
hoy piden más democracia, mejor educación y justicia para todos
debiera dirigirse a La Moneda, el Congreso, al Municipio, a los partidos
y a cuanta instancia de poder democrático existe?
Anunciaron tu muerte
Hacer política es equivalente a sentir amor por el prójimo. En un caso y otro, se trata de hacer el bien a los demás. La insuperable expresión de Aristóteles, la búsqueda del bien común, indica con sobriedad y profundidad el sentido del vocablo.
Somos todos hijos de la espada de don Bernardo O Higgins
Como quiero ser un hombre libre soy hijo de la espada de don Bernardo O`Higgins.
El dolor de nacer hijo natural y ser separado de su madre en su más tierna infancia serían hechos que lo acompañarían siempre. La ignominia de separar hijos legítimos de ilegítimos fue terminada, casi doscientos años después, por Soledad Alvear. Le escribe a su padre y recibe por respuesta el silencio. "Envidia me da de ver a todos mis paisanos recibir carta de sus padres. Mas yo ¡pobre infeliz!, de nadie". Cuando su padre, Don Ambrosio, lo reconoció como hijo, el pobre de Don Bernardo se ilusionó. Y partió a pedir a los españoles que lo reconocieran como marqués de Osorno y de barón de Ballenary, como lo había sido su padre. Lo despidieron con risas burlonas y las manos vacías. Jamás lo olvidó.
Su mejor amigo -a quien llegó a querer como padre- que fue a su vez vocal de la Junta de Gobierno de 1819, el astuto abogado de Concepción Don Juan Martínez de Rozas, también lo agravió por bastardo. Este último, iniciada la guerra de independencia cede al nepotismo y nombra a su cuñado, Don Antonio de Urrutia Mendiburu, como coronel del regimiento número dos que defenderá el sur de Chile. Estará a cargo de las tropas que hábilmente ha organizado el joven hijo del virrey en Las Canteras y La Laja. A O´Higgins le son concedidos solamente los galones subalternos de teniente coronel. Se abre de nuevo la herida. Él sólo es un provinciano bastardo y desconocido. Los ricos y nobles, como los Urrutias, son los llamados a mandar.
Don Bernardo transformó su dolor personal en visión de una nueva sociedad. Por ello fue un campeón de la igualdad, no sólo al pensar en los españoles y chilenos, sino que también en los que él llamaba araucanos.
Detesto por naturaleza la aristocracia y la adorada igualdad es mi ídolo. Mil vidas que tuviera me fueran pocas para sacrificarlas por la libertad e independencia de nuestro suelo y tengo el consuelo de decir que la mayor parte de los descendientes de Arauco obran por los mismos principios.
Su amor a la igualdad lo impulsó a ser un adelantado. Fundó cementerios para disidentes y erigió escuelas ajenas a la tuición eclesiástica y regidas por el sistema lancasteriano. Fue esta misma convicción republicana e igualitaria, la que lo llevó en 1817 a abolir los títulos de nobleza y los escudos de armas. No pudo, eso sí, abolir los mayorazgos, dejando sin efecto el decreto que los eliminó.
Eran decisiones difíciles e imprudentes. Sus asesores más íntimos, Don Francisco Antonio Pérez y Don José Ignacio Zenteno, su ministro de Guerra y secretario de Estado, le hicieron ver el desfavorable efecto que produciría el decreto en la nobleza limeña, indispensable para ganar Perú para la libertad de América. Y ciertamente era un golpe a la aristocracia chilena que había apoyado la independencia y su nombramiento como Director Supremo. Le dijeron que fuese práctico. Él no lo fue y así fundó una nación.
Hijos del verbo aún vivo de Radomiro Tomic; hijos de la pluma de Jaime Castillo Velasco; hijos de la espada de don Bernardo O´Higgins, recuerden lo que fuisteis y estáis llamados a ser.
Retornemos a nuestros hogares
La noche cae ya y es hora de regresar a nuestros hogares. Yo volveré sin cargos ni honores. Pero si el maestro Jaime Castillo fue exiliado y vejado, ¿a título de qué pretendía yo ser alabado? No seré aún candidato a diputado por la Democracia Cristiana. Pero, ¿dejaré por eso de ser un hombre libre? Durante 41 años he padecido del mismo mal: he sido un no diputado y nada muy malo me ha pasado. ¿He dejado de ser feliz por ello? Por el contrario. El lunes dos de agosto, por la mañana, besaré a mi mujer y veré partir al colegio a mis cuatro hijos, viéndolos crecer en porte, conocimientos y alegría. Me reuniré con mis amigos del trabajo e ingresaré al aula universitaria a hacer clases de republicanismo, comunitarismo, conservadurismo y liberalismo. Les diré a mis alumnos que un alto ideal de vida es aquel que busca preservar la obra humana fundando en pareja una familia, formando a jóvenes que seguirán caminando cuando el profesor se haya ido y luchando por una ciudad más justa en la cual se guarde de uno un recuerdo agradecido. ¡¡Vivans sequentes!! ¡¡Que vivan los que están por venir!!
Y al anochecer de mi primer lunes después de esta Junta Nacional de dolor diré que hombre libre soy y que el humanismo cristiano encontrará en mí siempre un servidor y jamás un traidor.